Hace años que camino los pasillos, ando por los camarines, estoy en las filmaciones, y saco mis propias conclusiones sobre lo que pasa ciertas oficinas donde se toman decisiones. Ahora tengo un lugar donde publicarlas.
El teatro porteño en verano no se acaba y cada vez vuelvo a confirmar: es una lotería, tenés alguna ficha y te puede caer en cualquier lado. Voy a tratar de ser más claro en esta oportunidad que en el post anterior en donde Carlos Saúl se enoja porque elogio lo que Fabricio dice que ataco. No soy yo, sos vos. Ah, y Gabriel Zapata, tomate vacaciones de este blog. Igual, adorable la palabra Rufián.
Hablemos de obra de hoy, que es otra que me había quedado de la temporada anterior. Fui al teatro Regina/Tsu a ver La Felicidad, escrita y dirigida por Javier Daulte, un dramaturgo que tiene la rara virtud de provocarte carcajadas y congelarte la expresión cuando notás de qué te está riendo. Una situación cotidiana, enrarecida, como si a tu vida de todos los días le hubieran tirado unos salpicones de ácido. Lleva hasta el infinito el oximorón de la lógica del absurdo y termina contando ahí arriba que tu vida de todos los días es tan lógica y absurda como eso.
Acá lo que ocurre es la búsqueda desesperada de “La Felicidad” -(nota al corrector, es para dejar las comillas, esta “felicidad” se dice con el gestito de los dedos imitando las comillas) (nota del corrector, ahí tiene "Bazán")-. Esta “felicidad” que busca desesperadamente Rosa, el personaje de Gloria Carrá (“esa chica se hizo algo en la cara”, dijo una señora al lado mío. “Y le quedó mal”, contestó su amiga desconociendo que cada cual pone su “felicidad” donde puede) es una “felicidad” de mentiritas, es una “felicidad” que cree que conseguir una pareja es la solución de todos los problemas, el objetivo de cualquier persona de bien.
Para eso, para su “felicidad”, no le importa ser una hija despótica, una amante desquiciada, una negación que camina.
Mentiras, traiciones, realidades paralelas, todo sirve si se trata de conseguir “la felicidad”. Carlos Portaluppi, Marita Ballesteros, Luciano Cáceres y Marcos Montes actúan, como la Carrá, en ese registro tan Daulte de lógica del absurdo que hace que entres en el jueguito propuesto desde el comienzo.
La sensación tan clara de que “la felicidad” es otra cosa, algo distinto a lo que esa chica busca de manera absurda; la sensación de todo lo que se destruye buscando esa “felicidad” que queda después de ver “La Felicidad” hace inevitable que te preguntés: “¿Y yo, en pos de qué “felicidad” estoy poniendo mi vida?¿A quién le arruino la vida pensando en mi “felicidad”?”.
Algo pasa en uno cuando al salir de ver una obra en la que se rió livianamente se ve compelido a pensar en una manera de responder aquellos interrogantes.
Claro que en pos de “la felicidad” uno puede salir caminando por la noche de la ciudad y olvidarse de todo. Que también es una forma de felicidad.