El Blog de Bazán

Hace años que camino los pasillos, ando por los camarines, estoy en las filmaciones, y saco mis propias conclusiones sobre lo que pasa ciertas oficinas donde se toman decisiones. Ahora tengo un lugar donde publicarlas.
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Siguiendo con la abultada cartelera porteña, como una misión imposible, me fui a ver Cara de Fuego, este fin de semana a la Ciudad Cultural Konex. A priori, varios factores me interesaban de la obra que no había podido ver en su estreno el año pasado: Nazareno Casero -que tan bien viene actuando en cine- y Belén Blanco parecían garantizar una apuesta riesgosa; el tema del incesto que siempre es dramáticamente atrayente y un texto de juventud del alemán Marius von Mayenburg, que tuvo buena acogida cuando se dio en el Festival Internacional de Teatro de Sitges servían como invitación. Además se anunciaba que la sala tenía aire acondicionado, lo cual redondeaba una buena salida de fin de semana en verano porteño.

 

Bueno, para qué.

 

No sé cómo habrán solucionado otros directores los enormes problemas de puesta que presenta esta obra, pero aquí el director Alejandro Maci no parece haber sabido descular el intríngulis. Una familia de padre madre hija hijo más el novio de la hija. Todo se divide en pequeñas –a veces pequeñísimas- situaciones entre los personajes y declamaciones frente al público con lenguaje poco coloquial. Para pasar de una pequeña –a veces pequeñísima- situación a otra, los actores que participan de la situación entran y salen por una única puertita al fondo de la casa rodante que funciona como mansión. Entonces hay que esperar que salgan los que estaban actuando, que entren los que van a la nueva situación y una vez que están todos ahí, empieza la nueva pequeña –a veces pequeñísima- situación. En el medio, alguno de los actores se para en el centro del escenario y desgrana un texto imposible contando situaciones dramáticas que nunca se ven, sólo se escuchan en la voz de los protagonistas. Les juro que la décima vez se produce un efecto inevitable: el espectador mira el reloj. Desde la décima primera vez en adelante uno supone que o el reloj anda mal o la obra se estira ad infinitud.

 

El padre lee noticias amarillistas pero después se olvidan de este dato y el padre ya no lee y eso no le importa a nadie. El hijo es piromaniaco y está caliente con la hermana que está caliente con él pero curte con el novio que está celoso del hermano. La madre hace como que no se da cuenta de nada. O sea, estamos hablando de la desintegración de la familia y de lo efímero que es todo, de que todo es provisorio, quizá eso justifique la casa rodante de la escenografía. Para que el público se enterase del contenido de la correspondencia entre los personajes, el director puso a los personajes a declamar el texto de la correspondencia mirando a la platea. Uno de los personajes, sobre el techo de la casa rodante, para que quede claro que no está ahí, que lo está diciendo desde otro lugar.

 

Pasa de todo pero no pasa nada, porque nunca está mostrado.

 

Hay unos asesinatos, los cuerpos aparecen ensangrentados, pero al costado de la cama se ve el frasquito de ketchup y se te va el dramatismo al diablo.

 

En fin, temporada de teatro en Buenos Aires.

  • Creado por terra707Creado por terra707
  • Posteado en15:44:40
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