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“Nos gusta traer esta música que no sabemos bien qué es” dijo Gustavo Santaolalla en la mitad de la presentación porteña de Mar Dulce, último CD de Bajofondo. Y era justo lo que no estaba pensando mientras escuchaba “esa música que no sabemos bien qué es”. Porque no era el momento para pensar nada. Era el momento para disfrutar de ese mix de algo absolutamente novedoso y a la vez, casi ancestral.
Mucho se ha escrito y dicho sobre el “tango electrónico”. Para muchos es nada más que la traducción musical de este omnipresente sentimiento de Argentina For Export. La posibilidad rápida y concreta de hacer negocios con los gringos que vienen a comprar todo lo que seamos capaces de vender.
Es cierto que en las procelosas aguas del tango electrónico naufragan inventos poco agraciados que suman una base electrónica, un bandoneón sampleado y a piratear, que el mar está propicio para cualquier aventura.
Pero es cierto también que Bajofondo es otra cosa. Desde su primer trabajo, el combo formado por Santaolalla decidió caminos intermedios y poco transitados. Nada de cincuenta de tango, cincuenta de electrónica y a otra cosa. Es tan sutil, tan elegante. Bastaba ver esa parafernalia rioplatense replegarse para escuchar el charango hipnótico de De Usuahia a la Quiaca, tema de Diarios de motocicleta o explotar con Perfume, mientras las voces Adriana Varela y el increíble Cristóbal Repetto hablaban de ecos de un perfume sutil. ¿Cuánto trip hop y drum’n bass cabe en el sentimiento porteño actual?
¿Qué cosa es el tango electrónico? Hizo bien Santaolalla en decir “no sabemos”. En ese sentido, la actitud del argentino que tiene dos Oscars más que todos nosotros es mucho más seria que la de los Gotan Project, quienes se autotitulan “la revancha del tango, los creadores del tango electrónico”. La verdad es que el tango no parece necesitar de ninguna revancha y mucho menos una que venga de argentinos por Europa. Al menos así lo entendió gran parte del público del Personal Fest que no hizo más que maltratar a los Project, empeñados en tocar en un escenario que a todas luces les quedó grande. Empeño que además fue el responsable de gran parte de los desaguisados ocurridos en el festival.
Es que los Gotan Project tenían que tocar en un escenario que no era el principal. Cuando a la mañana vieron el lugar asignado montaron en cólera y dijeron “somos estrellas en Europa, vendemos un millón de discos en todo el mundo, no vamos a tocar en ese escenarito”. Tanto presionaron que los organizadores les cambiaron el lugar del recital, los mandaron al escenario principal en donde el público esperaba ansioso a B Real of Cypress Hill y no se bancó que le apareciera este grupo al que nadie había anunciado allí. Pasó lo esperable: el público les tiró de todo y un enojadísimo y poco carismático Eduardo Makaroff se hizo el malo al grito de “Si no nos quieren escuchar nos vamos”, se fue y volvió a los pocos minutos. La ambición por ocupar un escenario que no les correspondía y la poca habilidad de los organizadores que aceptaron la presión hicieron que el Gotan Project tuviera una desafortunada presentación en Buenos Aires.
Nada de eso ocurrió con Bajofondo, que no se autotitula revancha de nada ni inventores de nada. Simplemente hacen ahí una música que sale desde las coordenadas de un lugar y un tiempo: este lugar, este tiempo. Hay algo de baile de club de los ’40, algo de disco de pasta, algo de house de una fiesta que no termina en lo de Bajofondo. Y suena tan endemoniadamente bien. Mar dulce, el segundo CD de Bajofondo, recién presentado en Buenos Aires puede o no ser tango electrónico pero ¡qué maravilloso que es!
