Hace años que camino los pasillos, ando por los camarines, estoy en las filmaciones, y saco mis propias conclusiones sobre lo que pasa ciertas oficinas donde se toman decisiones. Ahora tengo un lugar donde publicarlas.
Se llaman maratones y pueden durar todo un día. Se trata de ver la mayor cantidad de capítulos de una serie sin parar. Se puede llegar a ver una temporada completa. La gloria es pasar de una temporada a otra apenas levantándose para ir al baño o atender al pibe del delivery. Comidas y bebidas no sanas son ideales para acompañar maratones. Lo mismo, sillones mullidos cuando no directamente la cama.
Amas de casa desesperadas, Los soprano, Lost, The west wing, cualquiera sirve aunque parece que el súmmum es ver 24 haciendo coincidir el inicio de cada hora con el inicio real de cada hora (24 es una serie que se anuncia "en tiempo real", son 24 capítulos que transcurren consecutivamente desde las 0 de un día determinado hasta las 24 de ese mismo día. Sí, hay quienes aseguran haber hecho las 24 horas de toda una temporada de Jack Bauer sin parar.
Y uno se pregunta cómo fue. ¿Había una demanda del público para que la tecnología se ocupara de que esto fuera posible o es que la oferta tecnológica fue en este sentido y al poder ahora conseguirse las cajitas felices de las distintas temporadas, se creó la demanda?
Lo que parece cierto es que en el siglo XXI no pasó nada de todo aquello que los chicos del siglo XX esperábamos. Pensábamos que el mundo iba a quedar chiquito, que íbamos a mirar hacia afuera y "afuera" era el mundo exterior, la luna ya tenía que estar sobrepasada como lugar de visita y también el sistema solar y casi que también la vía láctea. Pensábamos un futuro como el de Los Supersónicos y resulta que ocurrió todo lo contrario. En vez de salir hacia el horizonte y más allá, nos encerramos en casa y más acá.
Todas las demandas del hombre contemporáneo parecen ser para quedarse en el hogar La tecnología va en ese sentido. Y el miedo sobre todo lo que está más allá de los barrotes de casa, también. ¿Esto es lo que queríamos?
La tecnología nos permite pasar jornadas enteras mirando la pantalla con el ámbito de decisión restringido a "¿vemos otro capítulo?".
Pero no es todo.
Además la tecnología se mostró más adaptable a esta necesidad que el arte o como se llame eso que son series de televisión. Un DVD soporta varios capítulos de una serie y es fácil transportar una temporada entera de un programa de televisión norteamericano (prácticamente no hay de otro país) de acá para allá. Pero al ver varias temporadas juntas de estos programas pensados originalmente para ser vistos una vez por semana durante algunos meses del año y después esperar unos meses para ver la temporada siguiente, queda claro que no se ha desarrollado un lenguaje audiovisual que lo resista.
Los programas nacen como obras incompletas. Nadie sabe, ni los actores, ni los guionistas, ni los directores ni las cadenas de televisión y mucho menos el público, cuántas temporadas eso va a llevar en el aire. Si es que llega a una temporada.
Entonces lo que comienza matando porque tiene que conseguir suficiente público en las primeras emisiones, después se va desinflando, desinflando y al final nadie sabe bien qué papel cumple ni por qué está ahí ni nada. No hay mecanismo de relojería en estos guiones, hay parches más o menos ingeniosos para seguir una temporada más. Son todas fugas hacia adelante.
Cuando comenzó Amas de casa desesperadas, no sabían qué podía pasar y el gran tema era el suicidio de Mary Alice. El guión había sido rebotado por HBO, Fox y CBS entre otras. La idea era que ese suicidio fuese el eje central de la serie. Pero al incorporar nuevas temporadas por el éxito obtenido, eso se fue desdibujando y ya a nadie le importó.
Lost es seguida con devoción por fanáticos en todo el mundo. Hay que admitir que las intrigas son interesantes pero tengo la sensación de que, como la serie se pensó para una sola temporada y fue creciendo, tuvieron que ir agregando como parches nuevas intrigas sin terminar de resolver ninguna. Y me late claramente que el final va a ser de gran desilusión porque no parece que los autores sepan hacia dónde van. Cada nueva intriga se resuelve con otra y así todas van siendo tapadas y m (Ok, ya sé, me van a insultar, lo único que pido es que no se metan con mi vieja que no tiene nada que ver. Gracias)
Hasta a David Lynch la cosa se le fue de las manos y los impresionantes doce primeros capítulos de Twin Peaks terminaron siendo un embole en el que nunca nada se resolvió y a Laura Palmer la mató Cadorna.
Hace poco hice la maratón Six Feet Under. Empecé entusiasmadísimo pero al final no veía la hora de que terminara la última temporada, en donde todos los personajes se volvieron tan incoherentes que dejaron de ser interesantes. Claire pasó de chica problemática a estudiante de arte rebelde y después era oficinista a desgano; Brenda era niña rica con tristeza, escritora, terminó de ama de casa; Ruth fue y vino sin saber si era sometida, dominadora, cínica o qué.
Digo, es cierto que la vida nos va cambiando y alguno puede ser medio incoherente a lo largo de cinco años pero ¡todos! Nate terminó muerto y lo revivieron, Dave o Rico fueron y vinieron durante esas temporadas siempre sin saber si tenían tela para cortar un año más. Lo mismo ocurrió con los invitados de una temporada, que eran fundamentales en un momento y después, pim, desaparecían sin dejar ningún rastro.
En fin, que las maratones hoy están en auge pero ojalá que terminen pronto. El mercado americano se mueve así con gigantismo, no les alcanza con que alquiles un DVD, quieren que compres cuatro cajas de cinco discos. A nosotros parece no hacernos falta. Con sacar una película de hora y media, tipo Los nuevos monstruos, viejita, italiana, divina, por ejemplo, también se puede pasar una buena velada.
En general no soy de los que creen que los publicistas sean artistas. Descreo también de las publicidades que te venden "valores". Bah, que cuando te venden salchichas te venden salchichas y no estamos hablando de moral ni de arte. Estamos hablando de la venta de salchichas. Me causan gracia los "creativos", digamos.
Pero esta vez me tengo que callar la boca.
Porque en medio de la tanda de la televisión abierta, ahí donde tantas batallas por la integración y la no discriminación parecen pederse siempre en el pantanoso terreno del humor y la grosería, apareció un aviso del Banco Provincia (¡una entidad oficial, por si fuera poco!) que me hizo un nudo en la garganta y tuve que poner en duda todo lo que siempre dije sobre publicistas y venta de salchichas.
La historia transcurre en lo profundo de la provincia de Buenos Aires, en uno de esos pueblos blancos en los que, como dice Serrat, "por no pasar ni pasó la guerra". La peluquera del pueblo, hablando en la vereda con una clienta ve llegar una camioneta de esas que hablan de la prosperidad del campo. Baja un chacarero, su esposa se queda en la camioneta. Perla, la peluquera, mira recelosa.
-Don Luis, usted por acá, qué raro -dice.
Y entonces se entiende todo.
Se entiende que Perla nació anatómicamente como varón, que ha sufrido mucho para conseguir cumplir con su deseo de ser mujer y que ha llevado una vida de lucha en ese pueblo perdido. Se entiende que don Luis es alguien que contribuyó a hacer la vida de Perla más difícil de lo que por sí ya era.
Pero don Luis, y como dice la publicidad también el banco en cuestión, cambió. Entendió que los tiempos son otros y que el mismo banco que le dio a él crédito, se lo dio a Perla por más que el documento sea el de un varón.
Don Luis pide perdón en nombre de años de maldad, que como bien decía Martin Luther King, es ignorancia. Y le regala una bailarina hecha por él mismo en madera. Desde la camioneta, la esposa de Don Luis -a la que se intuye clienta de Perla- la saluda, contenta.
Tan simple como eso. Tan complicado como eso.
La publicidad le dio a Perla un lugar que todavía la sociedad no le dio. Cuatrocientas veinte travestis murieron por violencia social entre el 2000 y el 2005. Según la Comunidad Homosexual Argentina, el promedio de vida de las travestis es de 30 a 35 años.
Por eso, la publicidad del banco suena a mínimo reconocimiento de una sociedad que tiene que aprender todavía a que acá vivimos todos y que todos merecemos respeto. A que Don Luis no es mejor que Perla y Perla no es mejor que Don Luis.
Vamos a ser mejores ciudadanos, mejores personas cuando todos aprendamos a respetarnos. No sólo los chacareros de las publicidades de un banco (oficial, encima) sino vos también.
No sabés cuándo entró Fontanarrosa a tu vida. Sólo podés saber que eso ocurrió alguna vez. Y que, como suele pasar con la mejor gente, fue para siempre.
Compartí muchos años ciudad con Roberto Fontanarrosa. Sé de qué hablaba cuando nombraba el río, el barrio Alberdi, la peatonal, El Cairo. Claro, eso no me hace especial, a más de un millón de personas les pasó lo mismo. Y como ese más de millón de personas, me reía cada vez que un porteño le preguntaba a "¿Por qué no te vas a Buenos Aires?" Y él contestaba: "Bueno, no es tan raro, a un millón doscientas mil personas les pasa lo mismo".
Con una simple frasecita destruía el pensamiento unitario que tan bien ha manejado la cultura del país. La lógica de que no hay nada que pueda hacerse en otro lado que no sea Buenos Aires es tan pueril y, a su vez, tan potente que sólo podía ser destruida desde la inteligencia más aguda. Pero sin explicaciones altisonantes, sin enunciados soberbios, sin lugares comunes. Así es su obra. Le daba a lo común su verdadero sentido, saliendo del "sentido común" obvio y demagógico. Compartí varias charlas con Roberto y eso sí, es algo que si tuviera a quién, agradecería.
Por esas cosas de los medios, en estos días se escucha cualquier cosa sobre Roberto Fontanarrosa. Creo que falta un tiempo aún para que se lo reconozca como el gran escritor popular de los últimos años argentinos, el que tomó la posta que dejó Osvaldo Soriano. Pero como todavía se lo cuestiona a Soriano, cómo van a tomar en serio a Roberto Fontanarrosa, que salía todos los días en el diario, con un chiste editorial, un tipo que inventó un perro que decía "Que lo parió".
Cuando esa cercanía se vaya borrando, cuando ya se hable de él como un recuerdo y sean cientos los rosarinos que aseguren haberse sentado en la mesa de los galanes, podremos apreciar su enorme valor como escritor. Porque aunque él no lo decía, se acaba de ir un tipo muy, muy culto. Que además de Central y el fútbol y las minas, sabía como pocos sobre novela negra americana, Hemingway y la generación perdida, y mucho más. Boogie es una impresionante traducción argentina de temáticas y gestos de la novela negra. Roberto nunca creyó que lo popular necesariamente debiera ser demagógico o fácil. Sus relatos son simples pero había llegado a la simpleza con mucho esfuerzo intelectual, había llegado ahí buscando eso.
Eso es un artista popular.
Usaba las palabras y los temas de todos los días, pero no porque sí. Los elegía porque conocía todo lo demás. Porque era un hombre culto. Y que todo el país enlute por la muerte de un hombre culto no deja de ser un buen síntoma. Que no todo está perdido. Que lo que él hizo quedará en todas partes, en todos nosotros. Porque no sabemos cuándo entró Roberto Fontanarrosa a nuestras vidas. Pero sí sabemos que ya no se va nunca más.
Vas a ir a los cines del shopping del Abasto. No la vas a encontrar. Tampoco si vas a los del Patio Bullrich, al Village Recoleta, al Village Caballito, al Cinemark de Palermo o al de Puerto Madero. No la vas a encontrar en el Atlas Santa Fe, ni en el Atlas General Paz, ni en el Atlas Solar de la Abadía ni en el Atlas Lavalle ni en el Atlas Rivera Indarte de Flores ni en el shopping de Liniers. Ni en Villa Devoto ni en Boulogne ni en Escobar, ni en Martínez ni en Olivos ni en Pilar ni en San Isidro, ni en San Martín ni en Vicente López ni en Villa Ballester ni en Haedo ni en Adrogué ni en Temperley ni en La Plata. Y en el interior, olvidáte.
Sí, es más fácil nombrar las salas en las que se exhibe El Caimán. Pero dicho así impresiona más.
Hay más posibilidades de no ver la última película de Nanni Moretti que de verla. Incluso teniendo muchas ganas.
El exigente crítico de Terra le puso un ocho y se lamentó de que podamos ver esta película a la que calificó de "importante" en versión de DVD ampliada. Explicó también las razones por los cuales esto ocurre. Y todo lo que explica es, cómo no, aquello de lo que habla esta película de uno de los tipos que sigue haciendo que ir al cine valga la pena. Moretti habla de Silvio Berlusconi pero no es el canchero o lo Michael Moore que la tiene re clara y es Heidi y nos divierte con las banalidades del poder. Moretti habla de Berlusconi como lo que es: el síntoma más claro de una Italia desencajada, perdida, superficial y cruel. Una Italia que no es peor que la gran mayoría de los países. Una Italia que explica incluso esta Argentina.
Para contar esa Italia es que Moretti usa todo lo que el cine puede darle, el registro documental (¡hay que ver a Berlusconi hablando en el parlamento europeo!), la disolución de una pareja, el desmoronamiento del cine que no es hollywood, la ironía sobre la violencia innecesaria en pantalla (¡hay que reírse de los lugares comunes de Tarantino como en la escena del restaurante!), en fin que el tipo sabe que el cine es entretenimiento y entretiene. ¡Y sin que nada explote!
En una escena de El caimán alguien que quizás pueda conseguir algo de dinero para hacer la película sobre Berlusconi que quieren hacer (es una película dentro de otra) dice: "Es importante hacer esta película". En otra película, que sí se puede ver en todos los cines acá nombrados, dos actores dicen "Queríamos hacer Shakespeare, pero apenas nos alcanzó para hacer un bolo en esta película". Se trata de "Incorregibles" y la distancia que hay de una ironía a la otra explica casi todo lo que pasa con el cine hoy.
No hay nada más importante que ver El Caimán. Porque Berlusconi está ahí, a la vuelta de la esquina. Y va a seguir haciendo cualquier cosa para no dejarnos ver buenas películas. No se la podemos hacer tan fácil.
La frase más común de la gente que hace teatro es "no hay autores". Parecen ser una especie en extinción. El asunto de armar una historia y que sea atrayente para el público al menos durante hora y media está volviéndose algo complicado, también porque el público ahora tiene otras exigencias y la exposición permanente a los medios audiovisuales ha generado en él, parece, un nuevo tipo de inquietudes.
El tema es cómo seducir a nuevos espectadores ya cooptados por los efectos especiales del cine o por la televisión.
Por eso, ante el surgimiento en los '90 de una autora como la francesa Yasmina Reza, el mundo teatral saludó alborozado. Fue tan potente Art, con su trío de amigos separados por la contemplación de una obra de arte, que Yasmina se consagró instantáneamente como la gran esperanza, la gran nueva cosa que vendría en el mundo del teatro. Estrenada en todas las plazas importantes del planeta, éxito de público y crítica, Art se convirtió en la obra que había que ver. En la Argentina, la versión protagonizada por Ricardo Darín, Oscar Martínez y Germán Palacios fue un éxito y hasta se trasladó a España, con la bendición de la propia Yasmina.
En otro, quizás un éxito así y las expectativas desmesuradas habrían provocado una parálisis. No ocurrió con Yasmina, quien en 1995 escribió El hombre de azar, en 1998 Desolación y en el 2000 Tres versiones de la vida. Otra vez: premios en París y Broadway, escenarios internacionales y, cómo no, estreno porteño.
En el Multiteatro cada noche Paola Krum, Carola Reyna, Luis Luque y Fernán Mirás protagonizan la historia que en París protagonizó la propia Yasmina.
Enrique (Mirás) y Sonia (Krum) invitan a cenar a Humberto (Luque) e Inés (Reina). Enrique quiere publicar un artículo en la influyente Astrophysical Journal y pretende que Humberto, que es un muy influyente científico, lo ayude. No es casual: si publican su trabajo, Enrique gana un ascenso. Pero algo sale mal y los visitantes llegan a la casa de los anfitriones una noche antes de lo esperado. Todo viene mal, la heladera vacía, el chico que no se duerme, la casa no estaba preparada para las visitas. Y Humberto cuenta, sarcástico, que el Atrsophysical Journal acaba de publicar un artículo sobre el mismo tema que Enrique investigó por tres años. O sea, Enrique, olvidáte de la publicación, alguien te ganó de mano. La misma escena se repite arbitrariamente tres veces, con cambios en la actitud, las intenciones y hasta los conocimientos de los personajes. No es la misma escena contada por tres personas diferentes. Es lo mismo, sólo que la autora plantea una especie de qué pasaría si en lugar de esto, esto otro. Arbitrario y poco convincente.
El planteo, mucho menos original que el de Art (tres amigos discutiendo sobre si un cuadro totalmente blanco era arte o no) da pie a una serie de chistes y malentendidos teñidos de crítica social muy bien trabajados por los intérpretes, con un nivel alto y parejo. Claro que lo que en Art era inteligencia brillante aquí es ingenio bien aplicado.
Aún así -y en especial por las actuaciones- la obra merece ser vista y disfrutada. Usando un lugar común, se puede decir que los cuatro actores se sacan chispas, cada uno con momentos de lucimiento y sólo con una pistola en la cabeza me animaría a decir que Carola Reyna está dos milímetros por sobre los demás. Consagratorio, sin dudas.
El nuevo trabajo de Yasmina Una obra española fue estrenada en el 2004. Habrá que ver si confirma la inteligencia de Art o el ingenio de Tres versiones de la vida.